El Evangelio nos hace vivir en Plenitud de la Vida de Dios aquí y ahora
Quien vive en esa plenitud, no necesita libertarse de nada y de nadie, y tampoco buscar conquistar nada. Sin negar las realidades de la injusticia, El Evangelio antes ES, y sólo después HACE.
El Evangelio es eminentemente PRODUCTIVO, y no apenas liberador y prosperador. Es más, si examinamos lo que hemos declarado en la página Evangelio No Sionista, como sigue, el énfasis en liberación y prosperidad no hacen parte del verdadero Evangelio de Jesucristo:
“El Evangelio bíblico comprende 7 partes:
1ª Sentencia Eterna sobre Satanás versus el Salvador y la Salvación;
2ª Promesa hecha a Abrahán;
3ª Profecía implícita en ambos anteriores, y en los Salmos y los Profetas;
4ª La Persona Bendita, Divina y Eterna de Jesucristo;
5ª El Mensaje de Jesucristo;
6ª Su Juicio a los que nacieron desde Jesucristo en adelante;
7ª Su Eternidad
Significado de LEGALISMO: Que pertenece y se apega a la Ley Mosaica como de posible observancia y salvación por ella.
Significado de MORALISMO: Que resulta del Cainismo y genera Cainitas. Un camino de falsa moralidad. Aunque exista el mérito, Dios no trabaja por ese canal, sino mirando el corazón.
Las personas sin Jesucristo, aunque crean en Dios [Juan 14. 1], al creer en el Hijo, el Mesías, lo primero que experimentan es LA LIBERACIÓN, sí. Por tanto, la Teología de la Liberación, por muy verdadera que sea, nos hace mirar para atrás y llorar nuestras esclavitudes, en vez de VIVIR la nueva vida de LIBRES en Jesucristo [Juan 8. 32; 36].
Cuando nos llega la Teología de la Prosperidad, pareciendo transportarnos de la mirada al pasado al futuro, en realidad nos convierte en buscadores de “conquistas”, cosa propia de la Era del Alma, de Moisés hasta Cristo, y surgida con Caín, cuando ya lo había recibido todo y la vida en el Jardín de Dios les era gratuita, abundante y eterna.
La primera Teología inserta en el humano un sentido de atenernos a las causas de nuestras pobrezas fuera de uno, siempre encontrando un culpable externo, que existen, incuestionablemente, mientras la segunda Teología en definitiva, nos inyecta el Liberalismo, o sea, de un estado “perdido” fuera del Jardín de Dios, cuando nos dejamos llevar a pasear entre culpables, enemigos, y hostigados a guerrear para recuperar lo de uno, y que se haga justicia, a otro en el que nos engañan que si luchamos y batallamos, e innovamos por estrategias comandadas por los grandes capitalistas del mundo, podremos escalar, conquistar y llegar al nivel de ellos, auto-considerados meritorios.
No vamos a colocar en tela de juicio, ni mucho menos desechar las tecnologías, las estrategias de marketing, el merchandising, la publicidad y el uso de los medios de comunicación, pues, en ese mismo nivel estaría el rechazo a estudiar teología, mejorar intelectualmente, y lucrar mejor para crear mejores y mayores servicios y fuentes de producción, pero sí debemos discernir que hacia donde nos llevan tales teologías, no es el lugar planeado por Dios y establecido en la Biblia.
El LEGALISMO nos lleva a la MÉRITOCRACIA, y el MORALISMO a la hipocresía de la santidad de los contractos. Jesús combatió ambos en el Sermón del Monte.
En el Evangelio todos los humanos, ricos y pobres, se convierten en RICOS PARA CON DIOS [Lc. 12. 16; 21; Stg. 2. 5]. El materialmente rico en la vida mundana, no puede seguir viviendo en esa miseria espiritual, así como tampoco el pobre antes de ser salvo puede permanecer miserable. Y no que uno le sacará al otro; o que uno le dará a otros, sino que la verdadera riqueza, la eterna, gobernará a ambos y jamás seguirán teniendo el hablar del mundo, ni el de la justificación, tampoco el de la búsqueda de conquistas o el de la mezquindad o el de victima. Cristiano que se dedica a hablar de esa ambivalencia y antagonismo en la sociedad y el Estado, demuestra permanecer miserable, porque el que verdaderamente es rico en Dios, no se inmuta por las distancias materiales de la gente, y siempre priorizará al más vulnerable en el mundo, pero principalmente en la Iglesia. Necesitamos seguir liberándonos interiormente, y conquistando a Cristo, para que nosotros mismos seamos absolutamente conquistados por Él, y para Él [Fil. 3. 8].

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