La arandela se encontró en el suelo, tirada o caída, pero pisada y despreciada. Hasta que un día un hombre rico que iba a su empresa acompañado de uno pobre se agachó y recogió la arandela, y quiso darle una lección al pobre, rebajándole:
“Por eso vos sos pobre, porque viendo una arandela en el suelo, no serías capaz de agacharte a recogerla para llevar a tu casa, y guardarla. Alguna hora serías rico, si siempre actuaras así”. El pobre respondió:
- No señor. No sería rico; sería un acumulador.
El rico sorprendido esquivó el asunto, y le dijo:
“¿Sabías que sin el campo, ningún gobierno gobierna?” El pobre de inmediato le devolvió una pregunta:
¿Y usted sabe quién hizo esa arandela? A lo que el rico casi no habló más, porque se sintió desagradado en el diálogo y hasta provocado, no obstante, respiró hondo, y le preguntó a su interlocutor: “¿qué me quieres decir con eso?”
El pobre argumentó…
- Simplemente, cuando usted me habló de la importancia del campo, me recordé de la importancia que usted le da a una arandela.
“¿Y que tiene a ver una cosa con la otra para vos?” El pobre rápidamente respondió:
- Es que la arandela usted la va a usar; me imagino, en una máquina, una bisagra, un motor, cosas también muy necesarias en su campo…
- Y además, ella no fue creada en el campo sino en la ciudad…
- También veo que alguien trabaja en fabricar arandelas para que usted la tenga. Rabiosamente el rico devolvió:
“¡Sí pero no para que la descuiden o la tiren en la calle!”
El pobre respondió:
- Bueno. Es verdad, pero sin un descuidado, uno que no sabe dar valor a las cosas, usted no tendría la arandela. El rico más rabioso aún, gritó:
“¡Claro que sí, la tendría sin necesidad de ese pobre miserable, descuidado, relajado, hijo de…!”
-Pere, pere, pere, pere, dijo el pobre: Para fabricarla, tuvo que haber trabajadores, hierro, y este viene de las minas, por tanto también hubo mineros, muertos y sobrevivientes, albañiles que construyeran la fábrica, electricistas que instalaran la energía eléctrica, agua, y su servicio estatal, gente que fabrique telas, gente que cosa y cree la ropa, los cascos, las zapatillas, las mesas, el aserradero, los transportes, los vendedores, el teléfono. “¡Basta!”, dijo el rico
-ha, me olvidaba, dijo el pobre. La fábrica de arandelas que hay en esta ciudad, no depende del Gobierno y paga vigilantes, otro rubro de trabajadores que contribuye para que hoy usted tenga una arandela más.
El rico encerró el asunto, diciendo.
“¡Basta! llegamos a la obra. ¡Manos a la obra, que para esto te pago, así como todo lo que tengo no me dio el Gobierno, ni nadie; lo compro yo, con mi dinero!” El pobre le enfrentó con los ojos fijos en él, se dio vuelta y se fue a seguir juntando cartón para vender y con ello cuidar de su familia, porque se dijo: ¡Comprará todo; menos a Mí! Y de repente ve al rico cargando un camión de cajas de cartón del galpón de reciclado donde el pobre vendía sus papeles juntados, y se volvió a su casa feliz, con menos dinero de lo que el rico prometió pagar, pero con el corazón entero, mientras el corazón del rico ya venía partido, y más ahora, que se vio miserable ante la riqueza interior del otro.
Autor: Tito Berry

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