NUESTRA ADORACIÓN Y NUESTRO SERVICIO A DIOS DEBEN REALIZARSE EN ESPÍRITU
NUESTRA ADORACIÓN Y NUESTRO SERVICIO A DIOS DEBEN REALIZARSE EN ESPÍRITU
El verdadero Dios ya no está sólo en los cielos. Él ha entrado en nuestro espíritu. Cualquier cosa aparte de Dios es un ídolo. Por tanto, el versículo 21 de 1ª Juan 5. 13-21 dice: “Guardaos de los ídolos”. Nunca deberíamos pensar que los ídolos se limitan a objetos que están dentro de los templos. Nuestro celo natural por el Señor es un ídolo que reemplaza al verdadero Dios. El que elijamos himnos de manera natural, el que sirvamos de manera natural y la falta del ejercicio de nuestro espíritu son ídolos. Sólo aquello que procede de nuestro espíritu regenerado es el verdadero Dios.
Hace muchos años, no entendía por qué 1 Juan 5:21 de repente dice: “Hijitos, guardaos de los ídolos”. Estas palabras parecían ser un pensamiento desconectado. Más tarde entendí que cualquier cosa que no se realice en nuestro espíritu regenerado es un ídolo. El apóstol Juan nos exhortó a que huyamos de los ídolos, es decir, que huyamos de todo lo que no proceda de nuestro espíritu. Es bueno que deseemos ser mansos, amplios, humildes y longánimos, pero ¿acaso se originan estas virtudes en nuestro espíritu regenerado? Si ellas se originan en nuestro espíritu regenerado, son del verdadero Dios; si no, son ídolos.
Dios desea forjarse en nosotros para ser nuestra vida, y Él desea vivir en unidad con nosotros en nuestro espíritu. Él no desea que hagamos cosas por Él, y tampoco le interesan otras cosas. A Él sólo le interesa que nosotros vivamos en unidad con Él en nuestro espíritu. Necesitamos ver y permitir que esta visión nos controle. Nuestra oración, lo que decimos, nuestro testimonio y nuestra lectura de la Biblia tienen que proceder de esta visión a fin de proclamar lo que Dios ve, cómo ve Dios y qué quiere mostrarnos. Si nosotros realmente vemos esta visión, conoceremos qué procede de nuestro celo natural y si nuestra adoración, nuestro cantar y nuestras oraciones son rutinarias.
Los judíos edificaron el templo en Jerusalén según las instrucciones dadas por Dios. Frente al templo había un altar. Los sacerdotes llevaban vestiduras sacerdotales y servían conforme a las Escrituras. Ellos ofrecían sacrificios en el altar y entraban en el Lugar Santo para quemar el incienso y encender las lámparas. Su adoración a Dios era ortodoxa, pero Dios vino para estar entre los hombres. Él nació en un pesebre, viajó a Egipto y regresó a Nazaret (Lc. 2.16; Mt. 2.13-15, 19-23). Después de haber estado escondido por treinta años, Él comenzó a ministrar en Judea. Él incluso se reclinó a la mesa en casa de Simón el leproso en Betania, junto con Marta, María y Lázaro (Jn. 12.1-3; Mr. 14.3; Mt. 26.6-7). Aunque esta casa en Betania era humilde, Dios estaba allí con los discípulos. Aunque los sacerdotes judíos estaban en el templo ofreciendo sacrificios, adorando a Dios, encendiendo las lámparas y quemando el incienso en sus vestiduras sacerdotales según las Escrituras, Dios no estaba allí. Si tenemos la debida perspicacia, veremos que el verdadero Dios, la vida eterna, estaba en aquella casa humilde, mientras que había “ídolos” en el templo (1 Jn. 5.19-21). En aquel tiempo, incluso el templo, los sacerdotes en sus vestiduras sacerdotales, los sacrificios, el quemar el incienso y el encender las lámparas yacían en poder del maligno.
No nos debería preocupar que el Señor Jesús esté en una “casa humilde”, pero necesitamos considerar si nosotros estamos sirviendo religiosamente en “el templo”. Podríamos pensar que adoramos a Dios, pero no darnos cuenta de que realmente estamos bajo la autoridad de las tinieblas y adorando ídolos. El verdadero Dios, la vida eterna, está en nuestro espíritu. Necesitamos sentarnos a Sus pies y tener comunión íntima con Él en nuestro espíritu. Dios no se encontraba en la adoración rutinaria que se efectuaba en el templo. Las cosas relacionadas con el templo, incluyendo los sacerdotes en sus vestiduras sacerdotales y la rutina de quemar el incienso y encender las lámparas habían caído en manos de Satanás; se habían convertido en “ídolos”. Por tanto, el apóstol Juan dijo: “Guardaos de los ídolos”. Cuando alcancemos la visión de Dios, entenderemos que el Judaísmo se había degradado. Las sinagogas judías originalmente servían al propósito de rendir adoración a Dios, pero Apocalipsis 2:9 dice: “Los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás”. No sólo el Judaísmo se degradó, sino que incluso el Catolicismo y el Protestantismo se han degradado. Por tanto, debemos tener cuidado para que no nos convirtamos en una “sinagoga de Satanás”.
Usar el templo no debe ser considerado esencial para la vida cristiana, sino apenas una forma más de reunión de la Iglesia, principalmente cuando nos unimos para reunirla localmente en un único lugar para grandes celebraciones y eventos genuinamente apostólicos, como se sugiere en 1 Co. 14. 23-25.
El dinero gastado en templos, es una ofensa para tanta gente pobre que necesita un techo, su propia tierra, y ninguna "obra social" de la Iglesia puede reemplazar a la verdadera cristianidad en el Nuevo Testamento, ya que la Iglesia era popular, visible llenando todos los espacios, y en todas las casas de los hermanos, en todo tiempo, como una amenaza a la diabólica idolatría de César. Cuando no ofrecemos oposición del Estado, y además nos unimos a él, nos convertimos en absolutas sinagogas de Satanás.
Debiera haber un solo templo por Iglesia Local por ciudades o pueblos, y cuando no entren todos los santos, otros templos de las religiones, o un estadio o hasta mismo la calle debiera servirle, pero la proliferación de templos son una verdadera ofensa agresiva contra la miseria sistémica, y manifiestan una Iglesia cujas piernas están enyesadas por su adoración a “quedarse” más entre cuatro paredes. La última Cena Jesús la celebró, no en un templo, sino en un salón o cenáculo, que era un lugar privado de un grupo de pertenencia, cómodo y familiar. Ninguna persona, aunque genuinamente convertida, se sentirá feliz sentarse a la Mesa del Señor en un palacio por unos momentos, volviéndose hacia sus barrios bajos y casas miserables, cuando que el Evangelio es para ellos. Esta pertinacia en tener los templos abiertos, no es compatible con Jesús; es religión. Es “confesión de parte” de quienes afrentan la Iglesia por las casas.
Tito Berry

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